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La historia del futbolín, un invento made in Galicia

Es una tradición que se va perdiendo poco a poco, pero no hace tanto, los bares de España apenas se podían entender sin la presencia de una mesa con ocho varas de hierro y 22 figuras a modo de futbolistas. El futbolín es parte de nuestra vida y no queremos que caiga en el olvido, en parte porque es un invento que nace en Galicia y que se ha ido extendiendo internacionalmente.

El inventor

Pues sí, el inventor del futbolín es gallego, y su nombre es Alejandro Finisterre. Este hombre era un apasionado del tenis de mesa, al que dedicaba horas y horas. Entre partidas, pensaba la manera de conseguir la adaptación de otros deportes a un ámbito más reducido como la mesa, como había ocurrido con el tenis. Pensando, se le ocurrió la brillante idea de fabricar el primer futbolín, con ayuda de un carpintero.

¿Cómo surgió?

Finisterre se encontraba en el hospital Colonia Puig de Barcelona, donde se recuperaba de las heridas sufridas durante los bombardeos de la Guerra Civil Española. Como el tiempo que permaneció ingresado le resultaba largo y tedioso, pensaba la manera de amenizar sus días. No era el único, allí se encontraban más hombres dañados por las secuelas de la guerra, hasta el punto de no poder jugar a sus deportes favoritos, como era el caso del fútbol. Para ver, al menos, el deporte plasmado en su mesa, el futbolín llegó y sus días se hicieron más entretenidos.

Éxito del juego

La expansión internacional del futbolín, y por tanto su éxito, fue algo incontestable. Muchos fueron los empresarios que comercializaron la idea en sus países para sacar rédito económico a la idea de Finisterre. Francia, Estados Unidos, Alemania... el futbolín era parte del ocio de muchos grupos de militares en plena guerra, de amigos que se reunían en los bares y de todo el que quisiese pasar un buen rato.

La historia detrás de la patente

Cuenta la historia que a mediados de la década de los 30, Finisterre patentaría por fin su invento. Sin embargo, huyendo a Francia para exiliarse del régimen franquista, perdería todos los papeles de la patente y los planos del primer futbolín. Sin embargo, una década más tarde, se entera de que un antiguo compañero de hospital había patentado su invento, por lo que debe pagarle una importante suma de dinero en concepto de derechos, con el que partiría a Ecuador y de ahí a muchos más países, conformando una vida de leyenda.