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La lucha libre mexicana y sus leyendas

Con siglos de historia, la lucha libre mexicana ha dado para un sinfín de anécdotas. Hoy, en el blog de Phottic, queremos hablaros sobre algunas de ellas, siempre con la fotografía como protagonista y prueba de lo que en algún momento sucedió. Por los rings mexicanos han desfilado personajes particulares, pintorescos, pero todos con un objetivo común: ser el vencedor. Unos han dejado huella hasta el punto de convertirse en leyendas, otros pasaron a la historia como protagonistas negativos, así que tomen sus asientos y ¡que empiece el combate!

Enrique Ugartechea, el primer mito

Aunque la lucha ya se practicaba como pasatiempo entre los pueblos mesoamericanos, se puede decir que tomó carácter de deporte oficial a mediados del siglo XIX, en tiempos de intervención francesa en México. Se comenzaban a realizar los primeros espectáculos en directo, a los que el público acudía y donde se empezaron a forjar como eventos de ocio y disfrute familiar.

A pesar de este auge, este deporte estaba capitalizado por luchadores extranjeros, y hubo que esperar hasta principios del siglo XX para conocer al primer combatiente formado en México. Se llamaba Enrique Ugartechea, quien pasó a convertir la lucha libre en un deporte de masas, alejada de la actividad para el disfrute de las clases altas que era hasta entonces.

El padre de la lucha libre

En los años 20, era cada vez más frecuente encontrar combates espontáneos, organizados de manera rápida para el disfrute de luchadores y espectadores. Aquí apareció la figura de Salvador Lutteroth, ex militar y auténtico aficionado de la lucha libre. Lutteroth vio la manera de institucionalizar un movimiento que cada vez ganaba más adeptos y fundó en 1933 el hoy llamado Consejo Mundial de Lucha Libre, la empresa reguladora de este deporte. Por ello, hoy se conoce popularmente a Lutteroth como “el padre de la lucha libre mexicana”.

Fábrica de estrellas mediáticas

Con el impulso que el Consejo Mundial de Lucha Libre aportó a este deporte, se fue convirtiendo en un fenómeno con más y más fieles. Con tal seguimiento popular, la aparición de estrellas internacionales sería cuestión de tiempo. Los años 50 fueron el tiempo de luchadores míticos como El Santo, Mil Máscaras, Blue Demon o el Rayo de Jalisco.

Su popularidad trascendía más allá de los cuadriláteros, las industrias cinematográfica y televisiva sabían que su aparición en la pantalla podía subir sus cuotas de audiencia, las empresas contaban con ellos para protagonizar sus campañas publicitarias, eran auténticos ídolos. Fue el caso de luchadores como El Santo o Blue Demon, presentados como eternos rivales y protagonistas de decenas de películas.

Les siguieron otras leyendas en los 80 como Perro Aguayo o Rey Mysterio en la actualidad. Pero la lucha libre mexicana jamás volvió a alcanzar aquellos niveles de popularidad, aunque ha sabido encontrar su público entre una oferta de ocio mucho más diversificada.

La máscara, un icono

Si hay un elemento con el que identifiquemos a la lucha libre mexicana, ese es la máscara. Pero, ¿sabéis por qué se utiliza? Fue incluido para darle un aliciente más a este deporte, para guardar el misterio de saber quién está detrás de ese trozo de tela y dar la seña de identidad a cada luchador, reconocible con solo ver su máscara.

Pero no solo eso, en algunos combates, los luchadores llegaban a apostar su máscara. Al ser derrotados, esta preservaba su honor. Sin embargo, una vez se la jugaban en duelo, perder significaba quitársela y mostrar al mundo su verdadero rostro. Se trata de un combate máscara contra máscara.